9/2/08

Estampas de dulce invierno

En bicicleta, por el puerto, recorremos el muelle bajo la vigilancia de unas inmensas gaviotas cuyo graznido recuerda la voz de un niño aterrado. Perezosamente va saliendo el sol y nos animamos a subir a Montjuïc. Afrontamos unas cuestas que se nos hacen interminables y llegamos hasta el castillo. Bordeándolo por el lado del mar hay unas vistas espléndidas sobre las grúas y contenedores del puerto. El panorama es de una belleza oxidada, como la de una naturaleza muerta, pero el aire nítido y grisáceo le confiere una apariencia de pintura hiperrealista, devota de los detalles, donde los brillos metálicos han quedado sabiamente atenuados por restos de herrumbre. En aquel mirador de Montjuïc, bajo los pinos, están colocando unas mesas; han sacado también una gran escultura de Buddha. Es un bar alternativo. Nos tomamos un refresco brindando por el suave invierno mediterráneo, ahora desvanecido. Al fondo se oye el canto nupcial de una tórtola, como un anticipo.

Entonces invento un haiku.

Invierno puro.
Un pajarillo alegre
canta a la vida.

Sin prisa alguna, descendemos por un camino que nos lleva hasta el cementerio.

(

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